martes, 3 de julio de 2007

El tamaño nos derrota

El tamaño nos derrota. Para el pez, el lago en que vive es el universo. ¿Que piensa el pez cuando es arrastrado por la boca mas allá de los plateados límites de la existencia, hacia un nuevo universo donde el aire lo sofoca y la luz es una demencia azul? Dónde enormes bípedos sin branquias lo meten en una caja asfixiante y lo cubren de hierbas mojadas para dejarlo morir...

O podríamos tomar la punta de un lápiz y ampliarla. Llegamos así a realizar un descubrimiento que nos aturde: la punta del lápiz no es sólida, sino que se compone de átomos que giran y orbitan como un trillón de planetas enloquecidos. Lo que nos parece sólido no es en realidad más que una floja red, sostenida por la gravitación. Si encogiéramos hasta el tamaño adecuado, las distancias entre estos átomos se convertirían en leguas, golfos, eones. Y los átomos están a su vez compuestos de núcleos y protones y electrones que giran a su alrededor. Podríamos dar un paso más, hasta las partículas subatómicas. Y luego, ¿qué? ¿Taquiones? ¿Nada? Claro que no.
Todo en el universo desmiente la nada, sugerir una conclusión a las cosas es una imposibilidad.

Si cayeras hacia el exterior, hacia el límite del universo, ¿encontrarías una cerca y carteles que indicaran CALLEJÓN SIN SALIDA? No. Quizás encontraras algo duro y redondeado, como el polluelo debe ver el huevo desde el interior. Y si quebraras esa cáscara, ¿que gigantesca y torrencial luz brillaría a través de tu agujero en el límite del espacio? ¿Atisbarías acaso por él y descubrirías que todo nuestro universo no es sino una parte de un átomo de una hoja de hierba? ¿Te verías quizás obligado a pensar que al prender fuego a una ramita estás incendiando una eternidad de eternidades? ¿Qué la existencia no se yergue hacia un infinito, sino hacia una infinidad de ellos?

Tal vez hayas visto que papel desempeña nuestro universo en el plan de las cosas: el de un átomo en una hoja de hierba. ¿Podría ser acaso que todo lo que percibimos, desde el virus infinitesimal hasta la remota nebulosa de la Cabeza de Caballo, esté contenido en una mera hoja de hierba… que quizá sólo lleva existiendo uno o dos días en un sistema temporal ajeno? ¿Y si esta hoja fuese sesgada por la hoz? Cuando comenzara a morir, ¿se infiltraría la descomposición en nuestro propio universo y en nuestras propias vidas, volviéndolo todo amarillento, parduzco y marchito? Puede que se ya haya comenzado a suceder. Decimos que el mundo ha cambiado; tal vez lo que queremos decir es que ha comenzado a secarse.

El hombre de negro

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